Recordando las arepas de maíz de mi abuela materna me percaté que, aunque no lo sabía, mi primer contacto con la comida y la gastronomía colombiana en general, había sido a muy temprana edad. Recostada sobre “el pollo” de la cocina de mi casa, fui feliz amasando la harina con la mantequilla. Era mi parte favorita.
Aunque nada se le comparó a los “arroces raros” que mi abuela preparaba. Exquisiteces de sabores extravagantes, siempre diferentes, mezclados con arroz. Nunca supe qué ingredientes contenían aquellas delicias culinarias, mas sus variados sabores aún permanecen impresos en mi memoria.
Curiosamente, mi abuela materna fue siempre amante de la cocina experimental, pero mi madre, no mucho. Sus platos, podría decirse, se coloreaban dentro del margen, sin salirse de la raya, nada de experimentos, nada demasiado ostentoso o raro. Sin embargo, ambas compartieron el gusto por hacer deliciosos postres para consentir a la pequeña que una vez fui.
El flan de maracuyá, bien lo recuerdo, era la especialidad de mi madre. Un suculento y cremoso flan en forma de rosquilla, con aroma a maracuyá me esperaba después del colegio en la cocina de mi casa al menos una vez a la semana, delicadamente servido sobre un plato de plástico de los colores del arcoíris. Era un postre feliz, o por lo menos siempre lo recordé así.
En cuanto a mi padre, le gustaba compartir conmigo su más preciado tesoro, los chontaduros de Doña Celi, comprados en Cartago. En un principio pensé que se trataba de frutos sagrados, que atribuían poderes sobrenaturales a quienes los comían. Doña Celi me tenía realmente engañada con la historia de los árboles de chontaduros mágicos. Aunque varios años después, descubrí que los chontaduros tenían propiedades altamente afrodisiacas, tal vez a eso se refería Doña Celi, o tal vez solo disfrutaba de mi inocencia. Nunca lo supe.
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