El menú gastronómico de mi vida comenzó bien, se tornó excelente, para ahora encontrarse en un nivel más bien lamentable –aunque con expectativas de progreso-.
Así pues -siguiendo con el cronograma- me adentro en el auge gastronómico de mi vida, en donde tanto en casa como en el colegio, la comida, en mi termómetro imaginario de exquisitez, alcanzaba cada día la máxima temperatura.
En casa, por un lado, debido a la hazaña de mi padre de rebajar unos 10 kilos con la dieta del Dr. Atkins, los roles en la cocina de mi casa cambiaron. Mi madre dejó de cocinar al verse invadida por mi padre en aquella área. Deliciosos pescados y camarones, carnes y pollos en todas sus presentaciones. Suculentas verduras al vapor, gratinadas, salteadas. Esto acompañado siempre de una harina que variaba entre papa, yuca o plátano, que igualmente funcionaban a la perfección con cualquiera de sus platos.
Por otro lado, en el colegio, haciendo valer la mensualidad de servicio a la cafetería que se pagaba religiosamente, se hizo un cambio de menú, acción que provocó finalmente el insomnio de los estudiantes por conocer el siempre apetitoso menú del día siguiente. O por lo menos, en un principio, así me sentí.
Pan Cooks y lasañas de pollo, de carne o mixtas, tacos, burritos, Cordon Bleus, filets mignon, truchas al ajillo, pasteles de carne, barra de ensaladas, barra de sopas, barra de helados, barra de salsas… En todo esto y mucho más se constituían, en aquél entonces, los almuerzos diarios de los estudiantes. Hermosa época. Estaré por siempre agradecida con el equipo de cocina de la institución, que con enorme esfuerzo y dedicación lograron instruir mi paladar y llenar mi estómago día a día.
Design by Simon Fletcher. Powered by Tumblr.
© Copyright 2010