Llegando a la recta final del cronograma, el declive de mi menú gastronómico vital, nos sumergimos ahora en mi presente. Comenzando por mi llegada a la Capital, siguiendo por mi destreza para luchar por sobrevivir a mi primer apartamento -en el que vivo sola-, y terminando por mi experiencia universitaria, se resume todo en un régimen de pésimos hábitos alimenticios y mi catastrófico aumento de peso.
Sin adentrarme mucho en detalles, mis semanas se dividían entre los días en que olvidaba comer, y los días en que me percataba que no había probado bocado y me embutía cuánta cosa comestible se me atravesara por el camino. Claramente, después de semejante gracia, aumenté unos 9 kilos que, si bien no eran excesivamente notorios –debido a mi complexión gruesa-, hacían estragos en mi guardarropa.
Aunque la nevera de mi apartamento permanece -en su mayoría de tiempo- vacía, hoy en día trato de recordar religiosamente comer todos los días, prestando especial atención a las porciones, así como a las comidas –más o menos- balanceadas. No es un gran avance, tomando en cuenta que las comidas más saludables probablemente son las caseras y yo no cocino ni un huevo duro, pero al menos es un comienzo. Un comienzo con expectativas de progreso.
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